Latinoamérica Grita… ¿Uruguay Escucha?

En mayo de este año alrededor de 15 colectivos que trabajan en torno a la cultura comunitaria en nuestro país, asistieron al Primer Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria que tuvo lugar en La Paz, Bolivia. En él, se dieron cita más de 1200 personas y colectivos de todos los países de Latinoamérica. Se encontraron 300 propuestas artísticas y colectivas, 48 redes latinoamericanas de diversos temas, funcionarios, servidores públicos y legisladores de 10 países.

Se calcula que en Latinoamérica, existen más de 120 mil experiencias que realizan acciones de cultura comunitaria en territorio y que más de 200 millones de personas participan, inclusive varias veces en el año, de actividades populares de cultura viva comunitaria. Estas experiencias transforman el espacio público y el ejercicio de la democracia, en vez de decorarla, van creando nuevas maneras de sociabilidad y construyendo poderes populares. Del Congreso sale un documento con las conclusiones principales que puede leerse en http://culturavivacomunitaria.org. Allí también se van actualizando todos los avances que este proceso va generando en los diferentes países.

¿Qué entendemos por Culturas vivas comunitarias?

En el documento antes mencionado, centenares de organizaciones elaboraron las siguientes aproximaciones a una concepción que no por definirla deja de ser viva, abierta y transformable. Las culturas comunitarias son:

“expresiones comunitarias que privilegian en la cultura los procesos sobre los productos, los colectivos y las personas en la realización de la emoción y la belleza. Es un movimiento continental de arraigo comunitario, local, creciente y convergente que asume a las culturas y sus manifestaciones como un bien universal y pilar efectivo del desarrollo humano.

También es una lucha, un esfuerzo por el logro de políticas públicas construidas desde la gente. Pueden ser centros culturales, bibliotecas populares, radios o TVs comunitarias, grupos de teatro comunitario o colectivos de danza, circo, artes audiovisuales, muralismo, cine o literatura, boletines barriales o grupos que trabajan con el rescate de las lenguas, la identidad, los trajes, danzas y relatos, los saberes tradicionales, las culturas de nuestros pueblos, la gestión cultural comunitaria, la activación de alternativas económicas solidarias y colaborativas, y espacios de convivencia transformadora, iniciativas en defensa de las semillas y las formas de cultivo tradicional y la soberanía alimentaria, entre otras”.

Una de las ideas clave en este movimiento es la siguiente: “La lucha por la construcción de escenarios políticos que favorezcan el reconocimiento y el fortalecimiento de las culturas vivas comunitarias constituye entonces, un objetivo trascendental para la construcción de la felicidad en nuestros pueblos, barrios y parajes. Se trata de comprender que el derecho a la cultura no se ejerce en abstracto, sino en el reconocimiento efectivo de los modos en los que nuestros pueblos lo realiza”

En el Congreso, funcionarios y legisladores latinoamericanos acordaron construir una red gubernamental de cultura viva. El trabajo de miles de colectivos y organizaciones de base se ha aunado en el reclamo del 0,1 de los presupuestos nacionales, destinados a reconocer y apoyar las iniciativas existentes de cultura comunitaria. Este pedido se calcula en base a la recomendación de la Unesco que propone a cada Estado destinar el 1 por ciento del presupuesto al desarrollo cultural. La Plataforma Puente (red de redes de colectivos que trabajan en torno a la cultura comunitaria –CVC- en Latinoamérica), reclama recibir la décima parte. El Parlamento del Mercosur dio el visto bueno a este pedido, con la sanción de un anteproyecto de norma legislativa en 2009. Y a través de la colombiana Gloria Flórez, el parlamento andino dejó en claro su apoyo a la iniciativa en el congreso.

Quizá no sea solamente necesario crear fondos nuevos, becas nuevas, festivales nuevos, quizá también necesitemos que nuestras políticas públicas miren y reconozcan a las experiencias de cultura comunitaria que tienen ya una trayectoria, un trabajo cultural muchas veces de años en su territorio.

En toda Latinoamérica se van organizando encuentros nacionales, regionales, y continentales, en Brasil se aprueban leyes, en Lima ordenanzas, durante la última conferencia Iberoamericana de Ministros de Cultura se aprobó que el próximo Congreso Iberoamericano de Cultura del año 2014 tendrá su sede en Costa Rica y se titulará sobre Culturas Vivas Comunitarias, logros de movimientos que vienen trabajando hace años por el reconocimiento de las experiencias de cultura comunitaria a nivel latinoamericano. En el 2015 se celebrará en Centroamérica el segundo congreso latinoamericano de cultura viva comunitaria.

Los colectivos y personas que tuvimos la oportunidad de asistir al Congreso, de compartir esta fiesta y esta lucha, no podemos sino sentirla e identificarla como propia. Si entendemos con Ranciere, que lo propio de las prácticas artísticas es “construir espacios y relaciones para reconfigurar material y simbólicamente el territorio común”, podemos darnos cuenta que la dimensión política que estos proyectos ponen en juego en las comunidades es, por lo menos, atendible.

Si en algún momento pensamos que en Uruguay esto era imposible, que ni siquiera podíamos aspirar a estar presentes en Bolivia, que si bien existían algunas experiencias estas estaban demasiado dispersas, y “cada cual en lo suyo”: hoy nos damos cuenta de que existimos, de que podemos y debemos encontrarnos, de que son miles los colectivos que hacen cultura comunitaria en Uruguay. Y que estos, a su vez, empiezan de a poco, a partir de este congreso, a partir de nuestras primeras reuniones, a jugar un juego común, a conocerse y reconocerse entre sí, a encontrarse, empezando a conformar una red que, desde sus inicios, se propone la realización de un encuentro nacional en el muy corto plazo. Quienes hacen cultura viva comunitaria en este país, sobre todo, empiezan a sentir, y a saber, que hay miles de experiencias a las que llegar con este debate, y que, a su vez, tienen más de 120 mil experiencias latinoamericanas detrás, empiezan a saber que sus radios comunitarias, su televisión

participativa, sus saberes territoriales, su arte popular, sus murgas barriales, sus llamadas de resistencia, sus teatros en comunidad, sus talleres, sus centros comunales, no están solos, empiezan a mirarse y ven que tienen lazos, que se parecen a otros, que están en una ruta común que los excede y a la vez los atraviesa, que quieren sumarse a una construcción que dialoga desde los barrios con lo latinoamericano, sumando esfuerzos hacia una democracia realmente participativa, hacia la consecución de políticas públicas que los reconozcan efectivamente como actores fundamentales en el camino hacia nuevas sociabilidades.

La red de cultura comunitaria en Uruguay tiene un corto tiempo de vida, pero ya no es un sueño: existe, trabaja y se propone llegar cada vez a más y más personas con este debate. Por eso es una red abierta, verdaderamente abierta, en donde cualquiera que se sienta parte de la cultura comunitaria, puede declararse por sí solo parte de la red. Nos empezamos a reunir, y empezamos a gestar encuentros que tengan progresivamente un mayor alcance nacional.

La red de cultura comunitaria en Uruguay ya nació y empieza a dar sus primeros pasos, quienes se van incorporando saben, como dice Eduardo Balán (uno de los impulsores de este movimiento en Argentina, quien desde los comienzos nos acompaña y nos alienta desde la vecina orilla) que “las cosas no empiezan donde el poder dice que empiezan, por eso pueden terminar donde el poder no quiere que terminen”. Era hora de empezar: Latinoamérica nos estaba reclamando.

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